Jona Umaes

3 huchas



          Los padres de Luis, desde que era pequeño, le inculcaron el valor del ahorro. Para el niño tenían reservado cierta cantidad de dinero a la semana. Cuando les pedía para golosinas, lo descontaban de su saldo semanal, pero haciéndole saber que tenía que administrarse porque cuando se acabara, tendría que esperar a la semana siguiente si se le antojaba algo más.

 

          Al principio le dejaban a su aire, y cuando había gastado todo su saldo antes del domingo, las rabietas hacían acto de presencia y entonces le volvían a recordar que tenía que administrarse. Luis, con el transcurso del tiempo comprendió a base de berrinches y lloros que tenía que aguantarse las ganas de comprar “chuches” para que no se le acabara el dinero antes de tiempo.

 

          Le compraron una hucha con forma de cerdito. Cuando pedía a sus padres que le compraran algún juguete caro, le decían que, de acuerdo, pero que él tendría que poner la mitad de lo que costase.

 

          Así fue como poco a poco empezó a hacer uso de su hucha. Conforme pasaba el tiempo el cerdito iba ganando peso. De vez en cuando, Luis le quitaba la tapa inferior para sacar las monedas y contar lo que tenía ahorrado. Cada vez se iba acercando más el momento de tener su juguete. Cuando al fin reunió el dinero, se lo dijo a sus padres y entonces aprendió una de las lecciones que se quedaría grabada para el resto de sus días. Desde que vio el juguete hasta que había logrado reunir el dinero habían pasado algunos meses.

 

—Muy bien hijo. Has conseguido ahorrar mucho— dijo el padre orgulloso.

—Sí. ¿Podemos comprar ya el coche teledirigido?

—Claro, Vamos a mirar la tienda de internet para pedirlo —el padre abrió la página web donde Luis vio por primera vez el juguete— Oh, oh.

—¿Qué pasa, Papá?

—Ha subido de precio.

—¡No puede ser, eso no es lo que ponía antes!

—Es que han pasado muchos días desde que lo vimos. ¿Ves lo que ocurre? El dinero con el tiempo pierde valor. Las monedas que tienes, no han cambiado, pero lo que querías comprar con ellas sí.

—¿Por qué?

—Así son las cosas. Pero no siempre ocurre así. Algunos productos suben y otros bajan.

—¿Y ahora qué hago? Yo quiero mi juguete.

—Por esta vez tu madre y yo pondremos lo que falta, pero tenlo en cuenta para la próxima vez.

—¡Bien, bien, bien! Te quiero papá— dijo Luis brincando de alegría y abrazando a su padre con fuerza.

 

          Luis fue creciendo y con él su arraigo por el ahorro. De esa forma se iba haciendo responsable con su dinero y aprendió a administrarse para comprar lo que quería. Al mismo tiempo aprendió muchas otras cosas que le fue explicando su padre, como que el valor del dinero era relativo. Que varía según el lugar, el tipo de producto que se quiera comprar, y las circunstancias del país donde se resida.

 

          Cuando llegó a la adolescencia pensó que ya era hora de pensar en el futuro. Decidió comprar tres huchas. La primera sería para las cosas más inmediatas que se le antojaran. La segunda, para algo a medio plazo, como por ejemplo un buen coche. Y la tercera sería para su futura casa. Con la asignación que le daban sus padres y los trabajos esporádicos que compaginaba con sus estudios, iba rellenando las tres huchas con monedas y billetes.

 

          A sus padres les pareció estupenda la idea de su hijo y se sintieron satisfechos por el buen hacer respecto a su educación. De esa forma, Luis podía disfrutar del presente, aunque tuviera que hacer algunos sacrificios guardando para el futuro.

 

          Con el tiempo, Luis terminó sus estudios y consiguió un trabajo. Con ello aportó otro granito de felicidad a su familia y para él supuso un punto de inflexión que cambiaría muchas cosas. Las huchas se quedaron pequeñas y las sustituyó por huchas virtuales en la cuenta bancaria donde tenía domiciliada la nómina. Tuvo la suerte de que el trabajo lo tenía relativamente cerca, por lo que la compra del coche podía esperar. Prefería seguir ahorrando todo lo que pudiese y comprar uno de buenas prestaciones.

 

          En el trabajo tenía un compañero que trabajaba en administración. Había estudiado la carrera de Económicas, y le encantaba hablar de economía. Con él aprendió muchas cosas y fue quien tomó el relevo de su padre, para seguir instruyéndose sobre el dinero. Una de las cosas que le dijo es que la economía tenía ciclos. Más o menos, cada diez años se producía una recesión, que duraba un par de años hasta que todo volvía a la normalidad. Luis en su madurez, nunca había vivido una crisis, pero el destino quiso que así fuera al año de comenzar a trabajar.

 

          Se quedó sin trabajo, como mucha otra gente. Al menos le quedaba el desempleo, pero durante ese tiempo observaba lo que ocurría a su alrededor. Las ventas de viviendas habían caído en picado, al igual que la de coches. Los precios tuvieron que bajarlos para estimular las compras. Los productos de alimentación también bajaron de precio. Echó un vistazo a sus huchas. Tenía una suma considerable en la de su futuro coche. En la de la vivienda también, pero la veía muy lejana aún. Viendo los precios irrisorios de los coches en comparación a unos meses atrás, pensó que era el momento de comprarlo. Lo comentó con su padre y allá que fueron los dos a visitar concesionarios. No quería privarse de su experiencia a la hora de hacer una compra tan importante.

 

—Es increíble cómo han bajado los precios— dijo Luis a su padre.

—Sí hijo, las cosas están muy mal. ¿Recuerdas lo que te dije hace unos años? Los precios cambian según las circunstancias. Ahora que estamos en crisis todo baja y es un buen momento para comprar si tienes ahorros.

—Sí, me enseñaste bien a mirar por el dinero.

 

          Ya que estaban hablando del tema de la economía, su padre le habló de la Bolsa y cómo funcionaba a grosso modo. Le explicó que había gente que jugaba en el Mercado de Valores y ganaba mucho dinero con ello. Pero requería estar pendiente constantemente. En ese momento la Bolsa estaba por los suelos, como todo en crisis. Las acciones de las empresas valían la tercera o cuarta parte de como estaban antes, y en algunas el desplome había sido brutal, cayendo hasta una sexta parte. Le dijo que la gente corriente, cuando ve que la economía empeora vende rápidamente sus acciones para no perder dinero. Son sus ahorros y si viven de ello, sería su ruina si no lo hicieran.

 

—Pero si una persona, aparte de tener acciones en Bolsa, puede vivir normalmente con un sueldo, no es necesario que venda, ¿no?

—En ese caso, es mejor no hacerlo. Esas acciones siempre estarán ahí, y cuando la economía se recupere, todo volverá a la normalidad y tendrán de nuevo su dinero. Puede hasta que obtengan ganancias si el efecto rebote ha sido considerable.

 

          Esas cosas las hablaban de vuelta para su casa, una vez habían cerrado la compra del coche. Luis le dio vueltas al tema una vez estuvo en su habitación. Podría invertir el dinero que tenía ahorrado para su casa, ahora que era buen momento. Pero le daba miedo meterse en un mundo que desconocía y perder lo que tanto tiempo había estado ahorrando. Se lo comentó al padre y conversaron sobre el asunto.

 

—No sé si he hecho bien hablándote de la Bolsa. Es mucho dinero el que tienes ya para la casa. Aún no lo suficiente para comprar, pero piensa en lo que te ha costado reunirlo.

—Sí, lo sé. Pero si lo que me has dicho es cierto, podría intentarlo. De todas formas, aún queda mucho tiempo para que pueda comprar un piso. También, mientras esté con vosotros, puedo continuar ahorrando.

—Es cierto, pero no te acomodes mucho que algún tendrás que echar a volar. Si quieres vamos al banco y que nos asesoren sobre el tema. Luego, tú decides.

 

          El día que fueron al banco, Luis ya había recogido su coche del concesionario. Estaba encantado con su primera compra importante. Le gustaba el olor a nuevo que desprendía. Aquello era una novedad para él y lo disfrutó intensamente, como todo lo que se hace por primera vez. Ahora tendría que ir pensando qué era lo próximo que quería comprar para ir rellenando la hucha a medio plazo que había quedado vacía.

 

—¿Estás contento con tu coche nuevo?

—Mucho. Tiene de todo: GPS, Android, casi todo automático y muchos detalles.

—Ja, ja, ja. ¿Ves? A mí, esas cosas no me llaman la atención. Me gusta mi coche sin muchas florituras. Que tenga lo mínimo automático y ya. Muchas de esas cosas nunca las vas a usar y lo pagas igualmente.

—Estás mayor, papá. Ja, ja, ja.

—Puede ser, pero que sepas que un coche es para disfrutarlo al momento. Es la peor inversión que puedes hacer. Son todo gastos: gasolina, seguro, averías, multas… y si lo quieres vender, a los cuatro años ya vale la mitad de su precio. A los diez años comienzan a salirle goteras por todos lados, y tienes que ir pensando en cambiarlo.

—Joer, ¡No me agües la fiesta!

—Es solo para que lo sepas. Disfrútalo ahora que está nuevo. El seguro a todo riesgo déjalo solo el primer año, que es muy caro. Al menos que no te lleves disgustos con arañazos y pequeños golpes ahora que lo estrenas. Luego cambia a “Terceros” y listo.

 

          En el banco informaron a ambos del tema de la inversión. Luis, aunque prudente, era joven y sin responsabilidades. No tenía nada que perder, porque su dinero, fuera la Bolsa bien o mal, siempre estaría ahí. Era el momento de invertir y su padre lo terminó de convencer diciéndole que el dinero parado en el banco no hacía nada. Al contrario, perdía valor, como bien aprendió Luis cuando compró aquel juguete. Eso sí, le dijo que comprara valores de grandes compañías, con escaso riesgo de quiebra. Debía jugar sobre seguro.

 

          Como era de esperar, tras unos años, la crisis se superó y todo volvió a la normalidad. Luis recuperó su antiguo trabajo. Durante el tiempo que estuvo parado, continuó ahorrando todo lo que pudo. La Bolsa se recuperó y el dinero que había invertido se había multiplicado por cuatro. Luis no se lo podía creer, estaba loco de contento. Pero, igualmente, el precio de la vivienda también se había recuperado e iba al alza. Era el momento de vender las acciones y hacer caja.

 

          No tardó mucho en decidirse a comprar la vivienda. Ahora tenía más dinero del que nunca había soñado. También, su padre le alentó en la compra. Ya era hora de que el pajarillo volase. Le dijo que, si invertir en Bolsa era una buena opción, con suerte y paciencia, la vivienda era aún mejor, porque su precio siempre sube con los años, y la está disfrutando al mismo tiempo.

 

          Así fue como Luis, partiendo de tres huchas, edificó un plan de vida y aprendió a manejar su dinero sin renunciar a disfrutar el día a día.

 

 

 

 

Toutes les droites appartiennent à son auteur Il a été publié sur e-Stories.org par la demande de Jona Umaes.
Publié sur e-Stories.org sur 14.11.2020.

 

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